Revitalizando…

¡Hacía años que no disfrutaba tanto de un fin de semana! No es que haya sido el más excitante del mundo pero… ¡ahí estriba la razón de mi gozo y disfrute!

La semana comenzó de los más anodina. Los típicos e-mails rezumantes de abuso de autoridad por parte de Susonia, pocas novedades en mi lucha por conseguir entrevistar a esa “periodista incisiva” para la portada del próximo número de MujerFabulosa, mi cuñado en viaje de negocios por Estados Unidos, mi hermana en viaje de placer por Estados Unidos, mis sobrina Deetah enfrascada en la vuelta a clase y mi sobrino Gregg volando hacia destinos insospechados mientras rompe corazones en cada aeropuerto. Lo mejor: ¡no tenía noticias de Esterlicia! (mi amiga de la infancia cuyo fin en la vida es parecerse a mi hermana y hundir mi existencia, que dicho sea de paso, parece tomar rumbo hacia algo coherente de nuevo.)

Hacia el miércoles la rutina se tornó algo caprichosa y decidí llamar a mi amiga Natividad Aragonés. Juntas coincidimos en vernos el viernes para cenar y charlar tranquilamente. El jueves no hubo ningún acontecimiento que mereciera la pena destacar.

Así las cosas, el viernes después del trabajo tomé un taxi de vuelta a casa mientras me decidía por vigésimo novena vez a sacarme el carné de conducir. La decisión de romper con los tacones, los trajes de firma y adoptar el “casual look” como estilo para ir a trabajar me había ahorrado muchos dolores de cabeza y de pies. Pero quería llegar pronto para poder prepararme para la cita con Nati. Nos habíamos visto la semana anterior después de casi dos años. Ambas nos sentíamos extrañas pero la amistad tiene estas cosas y tras cinco minutos de incómodo silencio no paramos de reír. Volvíamos a ser las mismas.

Nati también se había divorciado. Ella tomó la decisión tiempo atrás. Cinco años de matrimonio, tres hijos y una vida que no era la suya. Triunfaba en su puesto de trabajo y de la nada había conseguido ser directora general de la compañía de seguros para la que había empezado a trabajar a los quince años. Aún conservaba un buen tipo y las canas hacían que los rizos en su pelo siempre corto resaltaran como la espuma sobre las olas del mar. No había recibido una educación exquisita pero siempre sabía cómo actuar adaptándose de manera asombrosa a las circunstancias. Desde hacía cuatro años compartía su vida con Corina Lamb, una prestigiosa abogada de origen americano (en otras circunstancias podría haberla descrito como una altísima y despampanante rubia diez años más joven que ella, pero seguro que en menos de lo que ladra Puff ¡tendría encima a la mitad de las formaciones pro-liberales contra la discriminación sexual!). Sí, Nati era lesbiana. Bueno, o bisexual… nunca la juzgué. Bastante tuvo con juzgarse a sí misma. A ella le gusta decir que no encuentra atractivo en los sexos sino en las personas. ¡Una forma como otra cualquiera de justificarse!

Llegué puntual a mi cita. Nati no. Ya lo tenía asumido: 30 minutos de retraso era lo esperado. Ahí sí que fue puntual. No habíamos reservado y decidimos meternos en el primer VIPS con el que nos cruzáramos mientras dábamos un paseo. Ambas necesitábamos aire. A pesar de mi adicción reconocida a la nicotina no me suele gustar fumar mientras ando por la calle. Ese día, no sé por qué, hice una excepción y encendí uno de mis pitillos mentolados. Era pronto y hacía una buena noche así que decidimos sentarnos en un banco para hacer algo que tiempo atrás nos divertía sobremanera: ver pasar a la gente. A algunos les criticábamos, otros nos causaban lástima, a muchos de ellos les teníamos envidia puesto que imaginábamos que sus vidas eran mucho mejores que las nuestras.

La cena no fue gloriosa en cuanto a las viandas se refiere pero la compañía hizo que de nuevo me sintiera con la necesidad de poner los pies en la tierra. Nati volvió a insistir en que “Yoli” siempre sería “Yoli” y que a mí nunca me había hecho falta lucir prendas de marca o asistir a las mejores fiestas para ser diferente. Me halagó diciendo que “Yoli” es auténtica y que nunca había sentido la necesidad de justificarse. En ese momento me dí cuenta: durante los últimos dos meses de mi vida no he hecho más que justificar todos y cada uno de mis actos. Tenía razón. La semana pasada ya había tomado la decisión de volver a ser yo misma por fuera. Hoy sabía que lo más difícil estaba por llegar: volver a ser yo misma por dentro.

Sobre la media noche Nati se ofreció a llevarme a casa en su coche. Yo acepté encantada.

El sábado me desperté algo aturdida. Quizá la resaca del tabaco. O quizás el hecho de no haber dormido mucho pensando en las decisiones que tendría que tomar para recuperar mi antiguo yo. La verdad es que no puedo culpar a mi hermana, sus circunstancias, mi cuñado, ni siquiera a mi ex marido. Los cambios los forzamos nosotros mismos y quizás sean una respuesta a alguna amenaza invisible que acecha a nuestro ser cual serpiente tras el cogote.

La mañana transcurrió tranquila. Gladis y yo nos llevamos muy bien y no pude resistirme a ayudarle con las tareas del hogar. Hacia el medio día una idea asaltó mi cabeza. Con prisa salí de casa. Cogí un taxi y le indiqué mi destino.

Habían pasado casi cinco años desde que nuestra madre había fallecido. Mari Carmen y yo en silencio decidimos no tocar la casa de nuestros padres en cierto sentido como medida de respeto. Hoy sabía que lo primero que tenía que hacer para volver a ser yo misma era volver a aquella casa. Gladis solía acudir una vez al mes para mantener la casa limpia. No hacía falta mucha vigilancia puesto que Roberto, el conserje, vivía en el mismo edificio. Me tembló el pulso al introducir la llave en la cerradura y tras algún intento fallido conseguí abrir la puerta de entrada. Era increíble pero aún me parecía oler los habanos de mi padre y el perfume intenso de olor afrutado de mi madre. Con prisa marqué el número de Deevah aún sabiendo que en Los Ángeles no era de día. Sorprendentemente contestó:

-       ¡Hello!

-       ¿Mari Carmen? Disculpa que te moleste a estas horas pero necesitaba decirte esto…

-       ¡Yoli cariño! ¿Estás bien? ¡Pareces inquieta!

-       ¡Vuelvo a casa de mamá! No puedo pagarte la parte que te corresponde de ella aún pero ahorraré para hacerlo pronto. Esta misma tarde hago las maletas y me instalo.

-       ¡Pero cielo! No te preocupes por el dinero… ¿Seguro que eso es lo que quieres? Sabes que puedes quedarte en casa todo el tiempo que haga falta.

-       Lo sé… ¡gracias! Pero ahora necesito volver a ser yo misma y empezar una nueva vida. Me has conseguido el trabajo y te estoy muy agradecida.

-       Cariño, está bien. El lunes en cuanto esté en Madrid hablaré con Gregg para que busque un buen arquitecto que pueda ayudarte con la reforma… ¡el piso está hecho un asco!

-       Gracias Mari Carmen, pero no quiero reformarlo. Llámame al lunes cuando llegues.

¡Fíjate! La primera vez en mi vida que daba rienda suelta a mis impulsos. Quizá fuera la adrenalina liberada o la necesidad del cambio, pero estaba extática.

La casa no estaba en perfecto estado pero tenía todo lo necesario para entrar a vivir. Decidí que poco a poco la convertiría en mi hogar. De momento necesitaba tener contacto directo con todos esos muebles y enseres que formaban parte de mi pasado. Volví a casa e hice las maletas.

Era extraño porque sentía la necesidad de estar sola y encontrarme a mí misma y a la vez me invadía un gran halo de soledad entre esas cuatro paredes otrora llenas de vida. Decidí volver a casa de Deevah y traerme a Puff para que pasara el fin de semana conmigo.

El sábado me metí en la cama que antes habían ocupado mis padres y sentí un alivio muy grande. La sensación era reconfortante. Antes de dormirme pude disfrutar de nuevo con la lectura de mi libro favorito: “Más grandes que el amor” de Dominique Lapierre. Sabía que lo conservaba en la estantería de mi antiguo dormitorio. Puff pareció dormirse a mi lado sin una pizca de ansiedad y yo decidí seguir su ejemplo.

Hoy lunes he tomado otra decisión importante pero de eso os hablaré a lo largo de los próximos días. Ahora tengo que seguir trabajando. Mi hermana debe de estar a punto de aterrizar. Hacía tiempo que no pensaba en ello pero tengo ganas de verla.

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