Recordando…

¡Otra semana que se ha ido y otra semana en la que no he tenido tiempo de poneros al día de mis últimas vicisitudes! ¡C’est la vie mes frères! Que diría la otrora famosa cantante y artista de varietés Malena Gracia en su no menos famoso disco “Loca”.

La semana pasada terminó algo perturbadora tras mi fortuito encuentro con Esterlicia Baldomero (os recuerdo que es esa amiga mía del instituto que hacía años que no veía cuyo marido está tan forrado como mi cuñado y que se dedicó durante diez minutos de charla absurda a hundir mi vida dentro de su pozo de lujo y artificio). A lo largo del fin de semana traté de recuperarme a mí misma. Dejé de lado a mi familia y convine encerrarme en mi habitación con la única compañía de la televisión y de Puff. Necesitaba analizar qué había pasado con mi vida durante los últimos meses y qué iba a pasar a partir de entonces. Decidí que la segunda pregunta se tornaría retórica tras dos días de intenso pensar y poca conclusión. Sin embargo, sí que pude analizar y darme cuenta de que mi vida había cambiado demasiado a lo largo de este año y que quizá necesitaba volver a ser yo misma. Olvidar el dinero que mi cuñado me facilitaba, la ropa cara que Deevah adquiría por mí, la comodidad en general. Volver a ser yo, vestida con un chandal cómodo y disfrutar de una serie de televisión en la cama tras un duro día de trabajo. Así las cosas me tiré la semana entera acudiendo a trabajar en vaqueros, conseguí que mi pelo volviera a ser el que era y dejé de lado lo caro y opulento para volver a disfrutar con lo sencillo. No me fue mal, mis pies han sido los primeros beneficiados: ya no sufren subidos a tacones de vértigo; y aprovecho mejor el tiempo.

Esta semana en la oficina no había prácticamente nadie. Susonia y Estefanía estaban “cubriendo” el recién rebautizado “Cibeles Madrid Fashion Week” (yo no sé si a tomarse unos canapés con alguna conocida a la que ni siquiera soportan se puede llamar “cubrir” un evento… ¡pero resulto la excusa ideal para no aparecer por la oficina!). A mí me pareció una oportunidad magnífica para bucear en los archivos de la revista y ver qué temas podrían tratarse durante los próximos números. Seguramente mis sugerencias caerían en saco roto pero mi espíritu de búsqueda e inconformismo quedaría plenamente satisfecho. Ya había comenzado mis pesquisas a cerca de las mascotas de los famosos y decididamente debía de incluir a Puff en la crónica. La gente no se da cuenta pero puede rozar lo ridículo en cuanto al cuidado de sus mascotas se refiere. Pormenores a parte – aún no tengo muy claro cómo enfocar este artículo que seguramente encumbrará mi carrera hasta lo más alto de la prensa naturalista (creo que la revista Science decidirá nombrarme próximamente consejera sobre asuntos mascotiles del famoseo) – era martes cuando recibí la tan poco esperada llamada.

A veces me pregunto por qué seremos tan hipócritas. En mi conversación con Esterlicia no pude más que darle mi número de teléfono a pesar de no sentir la más mínima necesidad de volver a verla. Y el martes se confirmaron las consecuencias de mis actos:

-       ¡Dígame!

-       ¡Yoli cariñoooooo! Soy Ester… ¿cómo estás?

-       ¡Ho…!

-       Me alegro mucho. ¡Oye! ¿te apetece quedar a comer las dos juntas para contarnos más cositas y ponernos al día?

-       Pues…

-       ¡Fenomenal! A las 2.15 te recojo en la puerta de tu oficina.

-       Esque…

-       ¡No olvides que llegaré en mi jaguar verde botella! Un besito cielo, ¡ciao ciao!

La verdad es que esta conversación – o monólogo, según se mire – me recordó mucho a mi época marital cuando mi marido no daba opciones: sentenciaba. ¡En fin! Armada de valor me monté en el ascensor, salí a la calle diez minutos antes de la hora acordada y me encendí un pitillo. Necesitaba pensar. No hubo ocasión. una bocina se alzaba sobre la estridente voz de mi amiga: “¡Yoli!¡Sube al coche… y cuidado con esa colilla que la tapicería es de cuero!” ¡Qué coñazo de tía!

La comida fue de lo más surrealista: yo pedí un plato de pasta. Esterlicia una hoja de lechuga. Después me contó que llevaba desde 1984 a régimen y que tan sólo comía lechuga. A mí me recordó a un caracol. Me compadecí en silencio y decidí no volver a mirar hacia su plato.

Entre monólogo y monólogo pude contarle que me había separado y que ahora vivía con mi hermana, mi cuñado, mis dos sobrinos y Puff. En un par de ocasiones criticó mi gusto a cerca del vestir e insinuó que si tanto dinero tenía mi hermana yo debería de usar “marcas”. En ese momento me disculpé, fui al baño y creí vomitar. Volví a la mesa y decidí que no eran sus comentarios pueriles lo que me revolvía el estómago, era su perfume barato. No paró de lastimarse por mi y demostrar forzosamente que su sentimiento de pena era real. Antes de despedirnos me dijo: “¡La semana que viene comemos juntas y te presento a un amigo mío monísimo que seguro te hará olvidar las penas!” ¡Lo que me faltaba a mí! ¡Un hombre! Le di las gracias, salí del coche y subí las escaleras que llevaban a mi oficina lo más rápido que pude. Luché con el sistema operativo y conseguí abrir el gestor de correo electrónico. Susonia me mandaba desde su “Blackberry” el siguiente texto:

“Hola Yoli,

Cambio de planes. El reportaje acerca de las mascotas se cambia para el próximo número. Es urgente que busques a una famosa presentadora de televisión de actualidad para que ocupe nuestra portada y reportaje central. Tú misma puedes elegir quién te parezca mejor.

Besitos.”

Yo contesté:

“Hola Susonia:

Tranquila que buscaré a la mejor y tendrás la entrevista más salvaje de los últimos años.

Un saludo.”

Aunque lo que me hubiera gustado fuera:

“Hola Susonia:

¡Tienes el nombre más feo del mundo! ¿Quién te has creído que eres para echar por los suelos mi fantástico reportaje sobre las mascotas de los famosos? ¿A quién coño quieres que entreviste a una semana de cerrar el número? ¡Tú con tal de no hacer esfuerzos eres capaz de pedirme que me tire un pedo por ti!

¡Vete a la mierda!”

Con este pensamiento en la cabeza llegó el miércoles, el jueves, el viernes, el sábado… No se me ocurría quién podría protagonizar la portada: debía de ser alguien inquieto, con mucha personalidad, sin miedo a hablar…

Ayer me sentí un poco mejor. Por fin recibía una llamada de alguien con quién de verdad me apetecía hablar: mi amiga Nati Aragonés. Nos vimos fugazmente el jueves por la tarde. Me llamó porque estaba preocupada tras nuestro encuentro. La sentencia era firme: debía de volver a ser la Yoli de siempre. Fui a la cocina y ayudé a Gladis a preparar la cena. Me comí un sándwich de mantequilla de cacahuete (uno de mis placeres secretos) y me fui a mi habitación. Me tumbé en la cama, encendí la tele y allí estaba: ¡Mercedes Milá! Disfrute como antaño viendo Gran Hermano y me dormí acunada por su personalidad.

Hoy me he despertado fresca y radiante. Con ganas de demostrarle al mundo que una mujer normal, con sus inseguridades y miedos, puede conquistar el mundo. Hoy sé quién quiero que sea la portada del próximo número de “Mujer Fabulosa”. El problema está en cómo conseguirlo…

Hay gente que dice que mi vida está llena de tópicos. Yo creo que es muy fácil señalar los tópicos cuando se analiza algo escrito. La vida de todos nosotros está llena de tópicos; sin embargo, no los vemos porque no nos paramos a escribirla.

One Response

  1. Le estoy cogiendo cariño a la Yoli, qué mona es, y me muero de envidia de sus petañas XXL, la caída de ojos tiene que ser brutal!!!

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