¡No puedo con mi vida! Llevo dos días con mucho dolor de garganta y un tono de voz que ¡ríete tú de “El Increíble Hulk”! ¡Esto no me puede estar pasando a mí! A dos días de empezar en mi nuevo trabajo… ¡me pongo enferma! Seguro que es por haberme lavado tantas veces el pelo tratando de eliminar esa horrible creación del artista capilar francés… Bueno, decidido: ¡Desisto! Desde hoy acepto que mi pelo tenga más volumen que el de Oprah Winfrey y trataré de sacarle el mayor partido hasta que vuelva a su estado natural… ahora mi querida “Nelly”, ¡tú y yo vamos a ser más amigas que nunca!
La verdad es que con este dolor de garganta no puedo acercarme a ningún sitio que mantenga el acre, mas reconfortante, aroma a tabaco. Ni qué decir tiene que no puedo encender uno de mis preciados amiguitos mentolados para sentir como su humo me sume en un estado de bienestar al bajar por mi traquea y asentarse en los pulmones… ¿será esto apología del tabaquismo? Y como en esta casa no hay nadie que se salve de este horrible vicio (Gregg con sus habanos, Mari Carmen con su inseparable boquilla, Greggy me roba mis “menthol” y Deetah… bueno lo de Deetah no estoy yo muy segura de que sea legal), he decidido encerrarme en mi habitación y dedicarle estas horas previas al día “D” – ese en el que vuelvo a ser una profesional después de 20 años de malogrado matrimonio – a escribir en esta página abierta al mundo y a ver mi programa de televisión favorito: “La Noria”. Desde que vi por primera vez a Jordi en la televisión sentí que empezaba a despertar en mí una sensación tan placentera como cuando mi ex marido lavaba los platos o recogía la mesa; recorrieron mi cuerpo escalofríos desde lo más alto del cuello hasta lo más cercano al pecado… ¡Qué horro! ¡Parezco una novela de Corín Tellado! Vamos, que el Jordi González me pone… y la Gloria Serra me parece total… es como si cada vez que abriera la boca estuviera asentando las bases de una democracia… tan políticamente correcta, un tono tan, tan, tan… bueno tan de “telediario”. Si consigo triunfar en mi recién re-estrenada carrera profesional pienso hacer lo imposible para acabar usurpando el puesto de narradora a la Sierra… aunque con esta voz de travesti borracha no sé yo si terminaré pareciéndome a la sin par Mila Ximénez de Cisneros.
El otro día os decía que tenía que armarme de paciencia para poder escribir acerca de mi hermana Mari Carmen. Bueno, pues aunque me falta aún cierto grado en la escala para parecerme al Santo Job… aquí va: todo un “post” dedicado a la obra y milagros de personaje sin igual.
Como ya habréis adivinado – inteligencia la vuestra – mi hermana se llama Mari Carmen Hernández Rodríguez. Bueno, se llamaba Mari Carmen Hernández Rodríguez hasta hace 26 años, cuando cubriendo como azafata – ella siempre me corrige afirmando con rotundidad: “Yo no era azafata, ¡era sobrecargo!” – la ruta MAD-LAX, o lo que es lo mismo Madrid-Los Ángeles, conoció a un atractivo madurito americano que dos meses de intenso noviazgo y cinco minutos en una parroquia de Las Vegas después, se convertiría en su maridito. El atractivo (o millonario, según se mire) madurito no es otro que Gregg y desde aquel momento mi hermana se vio envuelta en el mundo de lujo y glamour que ella siempre había soñado. Nada más casarse se instalaron en la mansión de Beverlly Hills que el magnate poseía en Los Ángeles, y claro Mari Carmen decidió que su nombre y su nuevo apellido de casada (McMahon) no pegaban ni con cola para un ambiente tan… elitista. Así las cosas, no sólo renunció a sus orígenes familiares con el cambio de sus castizos apellidos de soltera por el de su marido – de origen escocés, para más señas – sino que decidió borrar de un plumazo cualquier vestigio de humilde vida anterior pasando a llamarse: DEEVAH MCMAHON (Deevah ha de leerse “DIVAJJJJJJ”, vamos alargando mucho la “h” final y haciéndola de toda menos muda). A mí me cuesta referirme a ella como Deevah y sus hijos suelen preguntar acerca de esa tal “Mari Carmen”… así que perdonadme si a partir de ahora mezclo ambos nombres para referirme a una misma persona porque, al fin y al cabo, Mari Carmen y Deevah ¡no han cambiado tanto!
Durante más de diez años mi hermana y mi cuñado vivieron en Los Ángeles, donde criaron a sus dos pequeños vástagos. Deevah se empeñó en que sus hijos no olvidaran sus raíces españolas y procuraba hablarles siempre en castellano – esto no era un esfuerzo sino una salvación para la mujer puesto que a pesar de los años no ha aprendido ni papa de la lengua de Shakespeare. Además, abusando de su tono esnobista y clasista insistía en que contrataba a niñeras y mucamas hispanas para que educaran a sus hijos en una cultura similar a la suya… ¡Vaya pedazo de cabro… asquerosa! No me queda más que mondarme a carcajada limpia… la tía, ¡que cara dura! Lo que pasa es que le salía más barato que “Charo” le limpiara la casa en vez de “Kimberley”.
Hace cosa de diez años – coincidiendo con la muerte de nuestro padre – Deevah se hartó de su bonita vida en L.A. y decidió que quería volver a España. Su marido pensó que sería una bonita oportunidad para empezar una nueva bonita vida y como no tenían problemas de dinero compraron el bonito chalet en Madrid que ahora sirve de bonita morada a una humilde y bonita servidora. ¡Qué de cosas bonitas!
Coincidiendo con esta bonita efeméride, Deevah comenzó a sufrir una no tan bonita metamorfosis… Yo no critico que la mujer lleve 35 años haciéndose el mismo peinado y usando el mismo color de tinte rubio platino. Incluso se lo agradezco puesto que me lo pone fácil para reconocerla por la calle cuando mi miopía hace estragos y no me he puesto las gafas. Tampoco critico que sea adicta a la laca “Nelly”, que me arrastrara a mí a la adicción – ¿o la arrastré yo a ella? – y que me hiciera pasar ¡dos meses encerrada en una clínica de “rehab” la última vez que fui a visitarla a L.A.! Y mucho menos critico que su pitillo sea como un apéndice más del cuerpo (En estos dos últimos puntos y adicciones ¡quizá sea en lo único que nos parecemos mi hermana y yo!). Lo que ya me parece que pasa de castaño oscuro es… ¡su adicción al bisturí! Ahí la veis en la fotografía que ilustra este “post”: de compras – otra de sus adicciones. Mi hermana solía ser una mujer de rasgos finos y sencillos… ahora casi no tiene nariz, puede parpadear con la boca y sus labios son de un tamaño tal que podría escribirse en ellos ¡la famosa fórmula de la Coca-Cola! Vamos, que Paloma San Basilio a su lado es un dechado de naturalidad. Mi cuñado le suele llamar “my bunny” o “mi conejito”… yo añadiría “scared” (“espantado”)… “my scared bunny!” (¡“mi conejito espantado”), ¡que de eso se le está quedando la cara! Siento que en la foto – por cierto, ¡qué monas salimos siempre y qué bien nos retrata este chico! – no se aprecie muy bien todo esto que os cuento por el efecto de esas enormes gafas de sol de marca pero… esperad que la pille a traición y publique una foto suya en el baño… ¡qué perversa que soy!
¡Aaaargh! ¡son las 22:20, hora de que empiece “La Noria”! Y hora de empezar a sentirme de nuevo una mujer ardiente y pelín salida al ver aparecer en el TFT de 52 pulgadas de mi dormitorio la cara de mi ídolo: Jordi… ¡te quiero Jordi!