¡Soy una mujer nueva! Bueno, todo lo nueva que se puede ser a los 45 años, con tres décadas de feliz pero fallido matrimonio a tus espaldas, el peso de la gravedad ejerciendo sobre mis pechos, y… eso, ¡soy una mujer nueva!
¡Disculpad!¡Qué mala educación la mía! No me he presentado aún y ya estoy imponiendo toda una declaración de intenciones… Me llamo Yolanda Hernández Rodríguez aunque atiendo – no sin cierto desprecio – al sobrenombre de “Yoli” desde que a mi madre le diera por acortar de manera cariñosa todas aquellas palabras que tuvieran más de dos sílabas (así adoptamos en casa expresiones del tipo “cari”). En fin, que podéis llamarme Yoli – a secas.
Hace algunos meses quizá no me hubiera planteado desnudar mi vida en la red – del mismo modo que nunca imaginé enseñar un pechito en Interviú. Para ser realistas, hace unos meses poco o nada sabía acerca de Internet y mucho menos sobre estas parcelas de opinión denominadas “blogs”.
Hace exactamente dos meses mi vida sufrió un cambio. Para no aburrir al personal lo explicaré brevemente: el cerdo de mi marido me dejó tirada, cambiando mis encantos de madurez por la tersura de una piel quince años más joven. Así las cosas, me encontré sola, sin casa, sin una carrera profesional estable y sin hijos. Mi única familia se reduce a una hermana excéntrica – Mari Carmen, de la que ya os hablaré más tarde –, un cuñado multimillonario y dos sobrinos maravillosos. A pesar de no tener una relación al uso con mi “hermanísima” ella decidió por las dos que lo mejor sería que me mudara con ellos a su fantástico chalet en las afueras de Madrid. No puedo decir que temblara de emoción con la idea pero… a medida que pasan lo días creo que voy encontrando el lado positivo a esta nueva convivencia: por una vez en la vida hay una persona que me prepara el desayuno; Mari Carmen se empeña en convencerme de que las fiestas de la “high-society” son lo más de lo más para encontrar un nuevo marido; mi cuñado me ha ofrecido una visa oro; mi sobrina Deeta no para de darme lecciones sobre la magnitud que alcanza el abismo que separa a los padres de sus hijos; y las horas navegando por Internet con Gregg, mi sobrino, han servido para que me anime a escribir este “blog”.
Así que pitillo mentolado en mano, vuelvo a hacer mía esa declaración de intenciones y grito… o escribo en mayúsculas, que esto es Internet: ¡SOY UNA MUJER NUEVA! (pero eso será mañana, que hoy ya me cansé de forzar una sonrisa. Además, Mari Carmen siempre me dice que eso es malísimo para las patas de gallo).