¡Cómo me gusta empezar estas breves notas acerca de mi vida con un signo de exclamación! Sé que muchos de vosotros me dabais ya por muerta o quizás pensasteis que me había vuelto asceta y había comenzado un retiro espiritual en las Hurdes… ¡pero no! ¡Aquí estoy, vivita y coleando! La verdad es que mi vida se ha tornado algo agitada en los últimos dos meses y por eso no he podido dedicar algo de mi tiempo a poneros al día acerca de mis últimas aventuras.
Os dejé con la miel en los labios a finales del mes de septiembre y retomo la aventura de escribir ya bien entrados en 2009 (antes hablábamos del año de la rata, del cerdo, del dragón y ahora… ¡del año del paro!). La verdad es que ni yo misma me creo que hoy pueda ponerme teclado en mano a narrar los últimos hechos acontecidos.
Los últimos meses del año 2008 transcurrieron de manera agitada, no sólo para mi, sino también para mi familia. El traslado a la antigua casa de mis padres no había resultado tan traumático como vaticinaba: unos toques de pintura, un par de visitas a Ikea y tres semanas después la casa ya era completamente mi hogar. En el trabajo las cosas no podían haber ido mejor: el lunes 6 de octubre de 2008 – tras mucho meditar y hacer acopio de valor – entregué mi carta de dimisión como becaria en la revista “Mujer Fabulosa”. Siempre estaría agradecida a mi hermana Deevah por haberme ayudado a descubrir qué era exactamente lo que en mi vida no quería hacer. Susonia ni se inmutó. Estefanía, por su parte, sí que hizo ademán de ofrecerme algo mejor. Yo sabía que no había nada mejor que pudiera ofrecerme y así se lo hice entender. Ahora ya no sólo disfrutaba de mi independencia caseril, sino también de mi independencia laboral. No es que tuviera mucho dinero ahorrado, pero el hecho de no tener que pagar alojamiento me hacía confiar en la suerte y en poder encontrar mi camino muy pronto (antes de lo que hubiera esperado, como luego pude aprehender).
Unas semanas después de mi salida de la revista sucedió lo inesperado. Yo estaba en casa disfrutando de una tarde de televisión y asueto cuando sonó el móvil. Era Mari Carmen. Su voz sonaba fría, entrecortada por sollozos. Después de insistir varias veces en que se calmara y repitiera aquello que estaba balbuceando, pude escuchar la voz de mi sobrino Greggy:
- ¡Tía Yoli!
- Sí cariño, ¿qué le pasa a tu madre?
- Discúlpala pero está muy nerviosa…
- ¡Greggy! ¿Estás ahí?
- Sí tía. ¡Papá se ha muerto!
¡No me lo podía creer! Mi cuñado Gregg McMahon ¡estaba muerto! La verdad es que fue un golpe muy duro para todos nosotros. No sabía muy bien si ilustrar este post con la fotografía del funeral pero… como siempre os prometí buscar una foto de él y nunca la encontré, pensé que éste sería un bonito homenaje. Los días siguientes fueron catastróficos. Mi hermana no levantaba cabeza y tan sólo se atiborraba a lexatin, vodka y pitillos mentolados. Sinceramente, si hubiera seguido así durante unos días más la hubiéramos perdido a ella también. Decidí volver a casa de Deevah para estar más cerca de ella y apoyarla en todo lo que hiciera falta. Greggy dejó de volar para estar más cerca de su madre y Deetah… bueno, ella ayudaba a su manera tratando de contactar con los espíritus y encerrándose en su habitación con un música ciertamente inadecuada a todo volumen. Un par de semanas más tarde la situación estaba algo más calmada y decidí que ya era hora de que mi hermana se enfrentase sola al mundo. Mi cuñado siempre fue generoso conmigo en vida y no lo fue menos después de muerto.
Tras la lectura del testamento mi hermana y yo decidimos tomarnos unos días de vacaciones y pusimos rumbo a Biarritz. Aprovecharíamos el tiempo para pasear y arreglar la casa. Le propuse redecorar la villa para distraernos y ella aceptó encantada. Estaba deseando volver a mi casa para relajarme y comenzar la búsqueda de empleo.
A comienzos de año ya era una mujer nueva de nuevo (¡cómo me gusta definirme a mí misma con esta palabra!): disfrutaba de mi casa, algo de dinero que me habia dejado mi cuñado y me había propuesto dejar de fumar. Esta última parte es la que más me está costando aunque de momento puedo decir con orgullo que no he probado uno de mis añorados “menthol cigarettes” en más de 2 meses y 12 días (una aplicación de mi iPhone me lo recuerda diariamente). Hace cosa de diez días quedé de nuevo a comer con mi amiga Nati Aragonés y su mujer Corina Lamb. Yo pensé que todo transcurriría como siempre: una comida agradable, una charla distendida y algo de calor humano. Fue mejor. Nati quería darme una sorpresa… ¡y vaya si me la dio! Nada más sentarnos a la mesa me dijo:
- Yolanda cielo, ¡no puedo esperar más! ¡vas a ser tía de nuevo!
¡La verdad es que la ciencia avanza que mete miedo! En fin, un sobrino más y un hijo menos en el contador… ¡el espíritu maternal llamaba de nuevo a mi puerta! Sí, me había comprado un cachorrito de “Pomeranian” – Peki – que se lleva a muerte con su primo Puff, pero en estos casos sentía que necesitaba egoístamente a alguien a mi lado que me cuidara cuando fuera una ancianita. Nati solía decir entonces:
- Tú no quieres un hijo ¡quieres un enfermero!
No le faltaba razón. En fin estoy abrumada por el cansancio y las ganas de fumar así que no me apetece lo más mínimo analizar mis trastornos de personalidad ni mis desos de ser madre en este momento… me pregunto cuánto seré capaz de aguantar esta vez sin poner mis pulmones a la brasa…
Voy a ir despidiendo el duelo por hoy… eso sí, espero que mi nueva vida laboral – esto es para el próximo capítulo – me permita manteneros informados con mayor asiduidad la próxima vez.







